Las crisis, como las guerras, dejan vidas de personas que son como las ruinas de la guerra, abandonadas en las márgenes de las carreteras. Como aquellos, son testigos de un absurdo, y son igualmente difíciles de restaurar. Nos dicen que lo peor ya ha pasado, y puede ser verdad. En los últimos meses observo, según voy a mi consulta, que cada vez hay más coches en las horas de ir al trabajo, e incluso a veces hay ya pequeños atascos, que desde hace años no había, y que ahora me alegran cuando hace años me molestaban. Me consta que los espárragos vuelven a ser negocio en el entorno en el que me muevo. Hace unos años era mejor arrancar los plantones y exportarlos a China y Perú, donde la mano de obra era barata. Así quedaban libres las tierras para especular. Ahora que el país ha sido sometido a una profunda devaluación interna, los salarios bajos facilitan que los cultivos que requieren mano de obra abundante vuelvan a ser negocio para unos y subsistencia para los más. Y no son sólo los salarios. En los pacientes se percibe inseguridad. Desde la crisis, los pacientes tienen miedo a la enfermedad porque una baja puede suponer el despido y el paro. Muchos no tienen recursos para pagar un modo de transporte hasta las consultas de los especialistas en la capital, y dejan de acudir a ellas. Algunos han dejado de tomar los fármacos por no poder afrontar los copagos, y muchos somos conscientes de que la salud se resiente por lo que siempre le ha afectado más, que es la falta de recursos.
Dicen las estadísticas que los españoles gastamos más en educación y sanidad y menos en ocio, y esto podría parecer un logro de concienciación ciudadana. Pero a todo se le puede dar la vuelta: gastamos más en educación y sanidad porque ahora nos lo cobran, y así nos queda menos para gastar en otras cosas. Es decir, gastamos más en lo esencial porque la mayor parte de los españoles somos más pobres y no nos queda otro remedio. O, en mi caso, diré que menos ricos, porque aunque gano un 30% menos y las tasas de la universidad son tres veces mayores que antes de la crisis, mis hijas han seguido con sus carreras. Muchos de sus compañeros lo han tenido que dejar.
No escribo esto enfadada; lo escribo porque, como médico, siento desde hace tiempo que las mayores enfermedades de mis pacientes son el paro y la falta de recursos. En la facultad me ensañaron a tratar con la enfermedad y con la muerte, pero no con la pobreza. Ante ella, ni la tecnología sirve ni las medicinas curan, porque no se pueden pagar.
Lo que los señores resolvían hace siglos con las guerras, los financieros lo resuelven ahora con las crisis. Después de una guerra hay mucho que reconstruir y ningún paro, de modo que hay trabajo para todos y buen conformar, porque todo es mejor que seguir en guerra. Con la crisis no nos queda otra que tragar con los nuevos salarios y las prestaciones sociales recortadas. Tal vez se está acabando, pero como la guerra, la crisis deja ruinas en las márgenes de las carreteras. Ruinas que son de personas, y que veo cada día en mi trabajo, como veo las de Montarrón al pasar.