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El retablo de las maravillas

Hace cuatrocientos años que murió Cervantes. Entre sus obras posteriores al Don Quijote, que le diera la inmortalidad, figuran los entremeses: obras consideradas menores pero de gran éxito en la época. Los entremeses eran piezas breves, pequeños divertimentos destinados a entretener los entreactos de obras teatrales de mayor enjundia. Mi preferido es, sin duda, El retablo de la maravillas; en esta obra, Cervantes, como ya antes hiciera el infante Don Juan Manuel y después Hans Christian Andersen en El traje nuevo del emperador, recoge la historia de un antiguo cuento oriental anónimo.

El motivo literario principal de estas tres obras es lo que se ha dado en llamar «engaño a los ojos» y la trama es muy similar en todas las versiones: unos embaucadores convencen a uno o varios personajes, generalmente autoridades, de la bondad de una mercancía inexistente: paños y trajes en el caso de Lucanor y Andersen o teatro de títeres en el caso de Cervantes, pero que torna en real gracias a la complicidad cobarde e ignorante de los que la contemplan. Sólo la aparición de un alma pura o ignorante del enredo, un furriel que busca acomodo para los soldados en el caso de El retablo…, desvela el ardid de los aprovechados y éstos pueden ser descubiertos.

Cuando uno lee o escucha a determinados personajes de las nuevas tecnologías (expertos, emprendedores, innovadores disruptores, influencers, coachers y otros tantos nombres con los que se autodenomina la variopinta fauna que puebla este campo), se le figura que está asistiendo a una representación neomoderna de El Retablo de las maravillas. No exagero, basta con asistir a algún congreso o reunión en estos últimos años. Como charla inaugural o como colofón del extraordinario congreso se presenta a un joven profesional con un título provocativo, por ejemplo: «Si no estás en Twitter o haces una app no eres un buen médico y/o gerente». Su aspecto lo delata, deliberadamente descuidado y con ropa casual pero cara, no utiliza el atril y apenas el PowerPoint; dotado de un micrófono inalámbrico de mejilla color carne, corretea por el escenario desgranando con gran velocidad y aparente displicencia las múltiples ventajas que las nuevas tecnologías están aportando a la sanidad.

Big Data, Internet de las cosas, gamificación, apps, salud móvil, telemedicina, redes sociales, incluso inteligencia artificial y robótica se van desgranando como nuevos frutos del paraíso cibernético que envolverá, queramos o no, la medicina en los próximos años. Con trucos dialécticos renovados, con demoledores ejemplos que han leído u oído de otros gurús y con el desparpajo de no tener que probar en el presente lo que no son sino benefactores presagios. Estos pronósticos, como los del sabio Tontonelo, auguran un cambio revolucionario (aunque este término es decimonónico a veces lo usan, sobre todo precedido de algún ordinal o seguido de un apellido) que definitivamente va a dejar fuera de juego a los que no se suban a su carro.

Como si de un retablo se tratara, los temas y personajes van apareciendo a cual más sobrecogedor y sorpresivo ante un público arrobado e incapaz de decir «que no lo ve» so pena de ser tratados como unos retrógrados, luditas o, lo que es peor, como laggards o miembros de la late majority. Los más osados, como hiciera el Gobernador de la aldea donde se representó El retablo de las maravillas, se atreven a susurrar en un aparte: «Basta: que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla». Estas conciencias discordantes son rápidamente apagadas por su conciencia pero sobre todo por el jaleo y las risas de la mayoría seguidista que reafirma con su actitud acobardada, a la par que arrogante, el quimérico manifiesto.

Cuando termina la conferencia, el respetable regresa a sus casas con la cabeza llena de pajaritos 2.0, deseando implementar lo que ha aprendido en el congreso y, sobre todo, lo que le contaron en la última charla. Se abren una cuenta en Twitter, le dicen a sus hijos que le enseñen eso del Facebook y se disponen a realizar un video disruptivo. Ahí acaban sus ganas de modernidad. Por fortuna, o no, un sistema sanitario ineficiente y anquilosado hace aquí el papel de inocente descubridor del engaño tecnológico y sus espurios divulgadores.

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Rafael Bravo Toledo

Centro de Salud Linneo. Madrid

Primum non nocere

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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Miércoles, 27 Abril 2016 08:18 publicado por Carlos

    Un gran post y grandes verdades

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  • Enlace al Comentario Miércoles, 27 Abril 2016 07:10 publicado por Miguel Ángel Alonso

    Gracias Rafa por esta entrada. Me ha sacado una sonrisa y me he identificado bastante.

    Antes los tontos eran de pueblo. Ahora son tecnológicos.

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