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25 años de médico

Una de las ventajas de ser mujer es que con la edad una puede hacer lo que quiera. Si dices la que tienes quedas muy bien, y dirán que lo llevas estupendamente. Si te la inventas a nadie le llamará la atención, porque además de que lo haga mucha gente (varones también), nosotras disponemos de múltiples aderezos y afeites que facilitan el beneficio de la duda. No diré aquí mi edad, pero si digo que llevo 25 años ejerciendo la Medicina de Familia ya doy una pista para pensar que los cuarenta ya no los cumplo. Ni quiero, porque la vida me ha dado muchas cosas buenas y espero que me las siga dando. Coinciden los 25 años de mi ejercicio profesional con los 25 que cumple la revista que me acoge, y eso me hace pensar.

Mi primer trabajo fue como suplente de un médico de cupo tradicional. Era una consulta de dos horas y media por las tardes que, aunque solía prolongarse algo más, me dejaba tiempo para muchas cosas. Entre otras, me permitía hacer otras suplencias por las mañanas y guardias los fines de semana. Trabajando casi a tres turnos ahorré para casarme con el mendrugo que me atormenta, que seguía de residente cobrando dos ochavos, y no nos fue mal. De hecho, pocos días antes de la boda me llamaron para decirme que la persona a la que sustituía se jubilaba. Eso cambiaba mi estatus, porque la plaza se integraría en un equipo. Aunque aquello suponía que el horario iba a ser de dos a nueve, poco o nada me importó. Tener una interinidad era maná caído del cielo. Y trabajar en un equipo me parecía mucho más enriquecedor que hacerlo sola y a mi aire. Tener sesiones, compañeros y poder compartir problemas y tareas fue una novedad ilusionante. También es verdad que la ilusión duró una temporada. Los conflictos profesionales y personales se notaban tras aquel cambio, sobre todo en unas consultas saturadas en las que, lo juro, un día tuve que ver a más de cien pacientes citados y hacer diez avisos. Recuerdo que llamé a mi entonces recién adquirido marido para que me llevase en coche y así tardar menos. Pude acabar el último a eso de las doce de la noche.
Estuve muchos años en aquella consulta de tarde, con buenos compañeros y buenos (y abundantísimos) pacientes, hasta que aquello fue incompatible con mi vida personal. El horario de tarde es casi incompatible con cuidar de la familia. Tuve dos hijas a las que sólo veía los fines de semana: por las mañanas estaban en el colegio, y cuando yo llegaba por la noche, bañadas y acostadas o a punto de acostarse. Ahora los fines de semana no aparecen, pero ésa es otra historia.

Aquel que pensó en facilitar el acceso a los pacientes creando consultas de tarde cometió dos errores. Uno, no comprender que un acceso demasiado fácil para algo gratuito es la mejor forma de permitir el abuso. Otra, no comprender que un horario de tarde es incompatible con una vida personal normal y que, por ello, no es fácilmente aceptado a largo plazo por la mayoría de los profesionales. En el momento en que puedan se irán a otra parte, y eso ha ido matando a la Medicina de Familia. La prueba de ello es que los estudiantes no quieren oír hablar de ella y se la rehúye en el MIR.

Algunos en mi situación se presentaban al MIR de nuevo y buscaban un lugar en el que tener una vida. Yo decidí dejar la plaza y hacer suplencias de mañana, mientras preparaba la tesis doctoral y estudiaba para poder tener un trabajo mejor algún día. Me costó muchos años, pero lo logré. En ese tiempo recorrí muchos centros de salud y conocí muchas formas de hacer las cosas. Pude ver que aquel desastre inicial de equipos saturados se iba rebajando hasta tener consultas decentes, y compartí e incluso participé en la labor de generar protocolos y sistemas de trabajo racionales. También me machacaron, como a todos, con la prescripción y los genéricos, y pude ver el ascenso progresivo de los farmacéuticos de área a un rango de cuasi-inquisidores que a muchos médicos nos ha resultado bastante molesto. A veces me he sentido apoyada por quienes me dirigían, y muchas otras he pensado que el mayor problema era que no sabían de qué iba mi trabajo.

Tuve la oportunidad de conocer la medicina rural, y descubrí un mundo en el que el contacto personal con los pacientes es mucho más intenso y en el que la autonomía del médico es fundamental. Me gustó, y cuando obtuve por fin mi plaza decidí ser médico de pueblo, y de pueblo de montaña. ¿Recordáis aquel anuncio del anciano que preguntaba aquello de «¿el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?». Pues de por allí.

Llevo 25 años ejerciendo la Medicina de Familia, y en este tiempo he visto muchas cosas. Hubo un cambio fundamental, la creación de áreas y equipos, que fue un acierto crucial. El extender la Medicina de Familia y formar excelentes profesionales en el MIR había sido el otro gran logro. Sin embargo, ha habido grandes fiascos. El principal, en mi opinión, el que nuestros políticos no han acabado de creerse la Medicina de Familia. Se ha dado prioridad a los hospitales y a la tecnología puntera, que se vende mejor en las fotos de las inauguraciones. Se ha limitado la autonomía de decisión y de prescripción. Se ha degradado la figura del médico de familia con jornadas incompatibles con la vida personal y con contratos de suplencias por horas que nuestros colegios nunca deberían haber aceptado. No se ha mostrado su importancia a los estudiantes, y en el MIR ha quedado relegada a los últimos puestos. La famosa «puerta de entrada al sistema sanitario» no parece que vaya a ser guardada por los que tengan mejor motivación. En suma, aquel cambio que nos ilusionó a tantos, del cupo al equipo, con todo lo bueno que lo acompañaba, se ha visto deslucido por muchas decisiones erróneas que han generado frustración. Hará falta mucho esfuerzo de gente animosa y preparada para reparar ese daño.

Estamos mejor que hace 25 años, pero muy lejos de los ideales que entonces se planteaban. Mientras los tiempos se arreglan, lo que yo hago para mantener el ánimo es fijarme en dos cosas, las fundamentales en nuestro oficio: en mis pacientes, que son la razón por la que estamos, y en los estudiantes y residentes que tendrán que sustituirme algún día, porque sin generar ilusión en ellos esto no tiene futuro. Cualquier política que no les tenga en cuenta será pan para hoy y hambre para los próximos 25 años. ¡Feliz cumpleaños!

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Ana de Santiago Nocito

Médico de Familia

EAP Cogolludo

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