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Prótesis

Prometí que no iba a escribir esta historia hasta que no hubiera olvidado tu nombre, por lo de la ley de protección de datos y eso. Este no es un caso clínico en el que al final muere el paciente y que arranca al lector una lágrima en el último renglón. Este caso clínico comienza con tu muerte y con una lágrima. La mía.

En la adolescencia escribí muchas cartas a las que echaba lágrimas artificiales para hacer correr la tinta del papel y simular así el llanto por escrito. Un llanto bien construido arroja muchos dividendos a tu favor. En tu caso tus lágrimas siempre eran reales y corrían la tinta de tus ojos, que se llamaba rímel.
Tenías 50 años y llevabas mucho tiempo luchando contra un cáncer de colon, que finalmente se había extendido. Hay vida hasta que el médico pregunta a un familiar si han comprado el certificado, momento en el que puedes darte por muerto.

Vivías en un adosado y pasabas la mañana en el salón, mirando la tele y a tu hija bañándose en la piscina, alternativamente. Ella te cuidaba a días alternos con tu hijo, tenía rastas, y era plana e hirsutaxilar, por lo que deduje que era alternativa. Era la que me mantenía al corriente. Corriente alterna, claro.
Creo que con la excusa del cáncer y los vómitos de la quimio tu hija no tenía sembrado en el huerto del jardín solamente las hortalizas que me regalabas a menudo cuando iba a verte, sino otra clase de vegetales. Pero yo me hacía el sueco, digo el holandés.

La primera vez que te ausculté me llamaste la atención por lo caquéctica y por la voluptuosidad de tus senos, por contra. La imagen de una persona a punto de fallecer con dos prótesis mamarias era un signo de nuestro tiempo al que no estaba acostumbrado. Esa imagen me parecía trágica y desasosegante. Siempre me había preguntado qué se hacía con esas prótesis cuando una paciente se iba, igual que qué se hacía con el DNI de un fallecido. Pensaba lo mucho que el tiempo podía deteriorar un cuerpo muerto y lo poco que podía hacerlo con las prótesis y los DNI, ambos plastificados.

A veces me imaginaba extrayendo las prótesis de un cuerpo inerte teniendo cuidado de no romperles la cápsula, como a los lipomas y los quistes sebáceos. Cuando era adolescente también extraje muchos DNI de sus cápsulas plastificadas para cambiarles la foto y entrar en las discotecas.
Haciendo sustituciones un par de años después recalé otra vez en vuestra consulta, pero tu hija ya no se acordaba de mí. Un día me vino contando palpitaciones y la ausculté. No pude menos que fijarme en sus senos, que no recordaba tan estilosos. Le hice una placa de tórax para confirmar mis sospechas de que se había puesto prótesis. Se me metió en la cabeza la idea de que tu hija llevaba tus prótesis, Marimar, y cuando la exploraba mamariamente (tranquila que la enseñanza más válida de la carrera la aprendí de mi profesor de cirugía: Roberto, no es lo mismo palpar la mama que tocar la teta) más que buscarle nódulos le imponía las manos, lo que no era si no otra forma de estar cerca de ti. Nada de esto se lo he dicho a ningún compañero porque los trabajos los siguen dando a dedo y los de arriba pueden pensar de mí que estoy desequilibrado o peor, que soy un médico de los de la evidencia y luego no me llaman. Y yo necesito puntos para la oposición, porque he hecho muy pocos cursos y ya tengo hipoteca. 

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