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Fast Food

Las comidas de médicos son un peñazo. O a lo mejor no todas, pero muchas sí lo son. Seguro que vuestros amigos os han criticado por aquello de que cuando nos juntamos a la mesa unos cuantos del gremio, acabamos hablando de trabajo. Yo tengo comida de médicos casi todos los días, porque mi marido y yo no fuimos capaces de conseguir mejor oficio. Digo marido porque compañeros tengo muchos, algunos sentimentales y otros más bien insensibles, que de todo hay. Soy una antigua, y al pesado que martiriza a mis hijas hablando de sus pacientes le sigo llamando marido. La pequeña no puede soportar las sesiones clínicas que organizamos en torno al plato de garbanzos y la lía con frecuencia. Probablemente no le falta razón, pero carácter tampoco.

Los temas de conversación de las comidas que cito pueden clasificarse con una taxonomía no muy extensa y sí bastante exacta. Lo mejor de todo es hablar de errores pintorescos, anécdotas curiosas e historias de la residencia. Esas les gustan también a los profanos y con frecuencia las jalean, de modo que suelen provocar bastantes risas. Están también los casos raros, en los que cada cual trata de demostrar su extraña habilidad para descubrir la noxa o su suerte en el diagnóstico. Esto ya nos cansa un poco más a todos, y rebaja el nivel de la conversación, que se circunscribe a los más fantasmas, de los que en el arte de Galeno debe haber muchos. Otro tema frecuente es despotricar contra el jefe, y en su variante algo más lejana, contra el sistema. Con la cosa autonómica nos lo han puesto a capón. Como cada demarcación tiene sus propios reglamentos, nos permite una competición furiosa y apasionante en la que todos pugnamos por demostrar que nuestra autonomía es la que peor paga, sus normas las más demenciales y sus trabas administrativas, las mayores. Me gustaría presenciar una reunión del Consejo Interterritorial de consejeros de Sanidad para comprobar si, entre los entrantes y los postres, traman con infinita maldad las muchas diferencias de trato y sueldo de las que los demás nos quejamos. O a lo mejor lo hacen sin enterarse, cosa que me extrañaría poco, porque políticos son. Ya harán justo lo contrario más adelante, cuando un vuelco electoral o las órdenes de Bruselas les hagan considerar que ese cambio de timón es lo más adecuado para el gobierno de sus súbditos. Protestaremos entonces, pero les seguiremos votando.

El tema estrella, por fin, ese que jamás puede faltar, es el de la presión asistencial. La que cada uno soporta es descomunal, cosa casi nunca falsa, porque por desgracia a muchos médicos les sobran pacientes o les falta tiempo para hacer su trabajo. Este tema lleva a competir en carreras en las que Fernando Alonso no desmerecería. Y eso a pesar de su Ferrari, tan rojo él y tan lamentable. Mejor le iba con su Renault, de la misma marca que el que uso yo para mis avisos.

En una cena de éstas, hace unos días, contaba un cardiólogo que en su hospital les hacían ver tantos pacientes que apenas tenían tiempo para preguntar. Habían desarrollado un mecanismo de defensa que llamaban el Whopper: pepinillos, tomate, mostaza y lechuga para todos. Fast food en su más genuina expresión. Dicho de otro modo, como no había tiempo de hablar, a todos les endiñaban una ergometría, un Holter y un ecocardiograma. El riesgo de errar era menor, pero los pasaban a engordar las listas de espera mientras llegaba un resultado. Perfecta estrategia de gestión la que, cargando de trabajo una consulta hasta hacerla inoperante, deriva la lista de espera a la siguiente consulta, que se supone que es responsabilidad de otro. La imagen exacta de la división entre primaria y especializada, y reflejo de este reino de taifas en el que cada gestor espera que sus números cuadren, aunque hundan los del otro, con tal de seguir comiendo del pesebre. Lo triste de todo es que el paciente es uno solo, y que los que le atendemos cada día también lo somos. O deberíamos serlo.

Las comidas de médicos me dejan con frecuencia un regusto amargura, porque muchas veces acaban en lamentos sobre los vicios y quehaceres de una profesión que debería dar más alegrías que disgustos. Nos quejamos mucho, nos quejamos muchos y no nos suele faltar razón. Volviendo a lo culinario, muchas cosas se arreglarían si nos quedase tiempo para, en vez de pedir un Whopper, pudiésemos comer despacio, saboreando con gusto nuestro oficio. La buena cocina necesita tiempo, y nosotros también, para poder escuchar a los pacientes.

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