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El lenguaje de los signos

El idioma chino es complejo pero también lo es para nosotros el lenguaje corporal de los chinos. Algo aparentemente universal como alzar los dedos de la mano para indicar el uno, dos, tres y cuatro, no significa nada en la China continental. Imaginemos que estamos en Nanchan, al sur de la China (lejos del sofisticado Shangai), que nos da una lipotimia y que a las preguntas de una enfermera, en un inglés primitivo, mostramos cuatro dedos en cada mano para indicar que tenemos 44 años. La enfermera se muere de risa sin que nosotros sepamos porqué. Cierto lenguaje de las manos, que creíamos era un código universal, en China no funciona. Cuando ni el lenguaje de los gestos no sirve como vehículo de relación la desolación puede ser absoluta.

Algunos gestos son universales. El de asentimiento con la cabeza por ejemplo. Otros son más dudosos. Mover la cabeza de un lado para otro es signo casi universal de negación aunque los turcos tienen un gesto parecido que expresa precisamente lo contrario, afirmación. Muchos gestos están culturalmente contextualizados,como el de cerrar en círculo los dedos índice y pulgar.que en los países anglosajones indica que todo va bien (OK) mientras que en nuestras latitudes indica cero o nada. El lenguaje corporal, junto al significado que se dé a los textos, a las órdenes o explicaciones verbales son claves en el contexto hospitalario sobre todo cuando el paciente sólo puede expresarse por lenguaje corporal.

Veamos si lo dicho hasta ahora puede afectar a la calidad asistencial de un hospital español. Aquí obviamente las cosas son más fáciles porque los códigos son compartidos. ¿Lo son realmente? La respuesta es que no. Desde luego no para el chino procedente de Nanchan que regenta un bar de tapas. Pero tampoco, en parte, para un paciente español. Algunos ejemplos. La enfermera pregunta a una mujer turca si tiene jaquecas de forma habitual (si no lo entiende alguien lo traduce). La enferma mueve la cabeza de lado a lado. La enfermera entiende que no cuando realmente le está diciendo que sí.

Las palabras habituales pueden tener significados diferentes. Imaginemos la noche anterior a una operación. La enfermera le dice al cliente, español, que tiene que estar en ayunas hasta la hora de la intervención. Puede que incluso no le diga nada porque el dato ya figura en la hoja de instrucciones que previamente le ha repartido. Cuando llega el momento de trasladarlo al quirófano la enfermera le descubre bebiendo con ansiedad agua de una botella (alguien le ha explicado que por efecto de la anestesia cuando se despierte tendrá mucha sed, una información que interfiere en el significado de las órdenes médicas). La enfermera pone el grito en el cielo, ¿es que no le hemos dicho que tiene que estar en ayunas? Se lo ha dicho pero han interpretado «ayunar» de forma diferente. Para la enfermera es no ingerir nada, sea sólido o líquido. Para el paciente que se controla el colesterol dos veces al año con análisis de sangre ayunar es no comer y como mucho (aquí no estamos seguros) no beber alcohol. Como el campo de interpretación es amplio alguien puede entender que ayunar no excluye al carajillo matutino. ¿Lo excluye?

Pasemos ahora a las normas escritas. De vuelta a casa una hoja nos informa sobre la medicación, sus dosis y la frecuencia de las tomas. Nos dice por ejemplo que cada día nos inyectemos una dosis de heparina. Para ayudarnos un círculo amarillo nos alerta de que lo hagamos por la tarde. Las medicaciones de la mañana se indican a su vez con círculos rojos y las del mediodía en verde. Bien, rojo, verde y amarillo son colores que los daltónicos (un 10% de la población masculina en la que me incluyo) odian porque les genera múltiples problemas (en la interpretación de los mapas del metro por ejemplo). Por cierto que la hoja informativa nos indica cuándo empezar a inyectarnos la heparina pero no cuándo acabar. Comprobarlo se vuelve tarea difícil porque ya hemos salido del hospital y somos extramuros.

Desde que en los años setenta del siglo pasado un innovador de las teorías de la organización llamado Henry Mintzberg catalogó a las estructuras sanitarias como instituciones de profesionales hemos aprendido muchas cosas. Una muy fundamental es que dichas organizaciones acostumbran a regirse por sus propios códigos gestuales, lingüísticos o normativos, códigos que se cierran sobre sí mismos. Las organizaciones de profesionales, nos decía, en su búsqueda de la excelencia científica (su lado positivo) se olvidan muchas veces del mercado al que se dirigen (los pacientes). En un contexto cultural más o menos homogéneo esa endogamia tiene pocos efectos perversos. Cuando el abanico cultural se amplia y se vuelve más compleja, utilizar la protocolización de toda la vida, con sus códigos y normas implícitas puede acabar produciendo conductas no deseadas en los pacientes que los interpretan. Quizás ha llegado la hora de comenzar a introducir la diversidad cultural en la protocolización.

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