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De un MIR recién escudillado y de su segunda guardia en un centro de salud

Llamaron al timbre del centro hacia las nueve de la noche. Traían a un niño chino de dos años porque, desde últimas horas de la tarde, presentaba una conducta extraña.

 Era un niño adoptado y “sobreprotegido” por lo que la angustia de los padres (sumada a la mía) dificultaba la anamnesis y la exploración. El niño no podía o no quería andar y se tenía en pie a duras penas. La madre me refirió que se había caído esa misma mañana pero que apenas se había quejado de dolor en la rodilla y por supuesto no había perdido el conocimiento. A la exploración la temperatura era de 37º. No se observaba signo de fractura ni de lesión osteoarticular. Cuando logré que la madre dejara de abrazarlo le pedí que caminara un poco. El niño no cojeaba, pero se desplomaba al cabo de algunos pasos quedándose en cuclillas y llorando. Se me iluminó la bombilla y pregunté si era posible que hubiera bebido alcohol de forma accidental pero los padres me contestaron que en su casa no había ni vinagre. Ante la incapacidad de llegar a un diagnóstico solicité una ambulancia y acompañé al niño hasta las urgencias del hospital comarcal donde quedó ingresado. Yo volví rápidamente al centro y el resto de la noche fue tranquila. Al día siguiente, por la mañana, recibí una llamada de teléfono del jefe de urgencias y me comentó que él en su exploración había advertido una midriasis bilateral, una retención con globo vesical y que el abdomen estaba muy hincha¬do. Pensamos en una intoxicación (me dijo) e interrogamos a los padres y hemos dado en el clavo. La madre nos ha enseñado un frasco vacío de colirio de atropina al 1% con el que el niño había estado jugando por la tar¬de, una hora antes de la aparición de trastornos. Antes de colgar el teléfono agradecí la deferencia por haberme informado y luego me recriminé durante varios días no haber hecho una mejor anamnesis y no insistir lo suficiente sobre la ingesta de otro posible tóxico que no fuera el alcohol ¡En fin! Errar enseña.

Comentarios constructivos del recopilador: En general a los padres (y más si son sobreprotectores) no se les debe hacer recriminaciones pero sí darles instrucciones por escrito de cómo guardar adecuadamente fármacos, productos de limpieza etc.. Con todo ya se sabe que los niños son niños. El médico remitente tampoco debe angustiarse. No dio con el diagnóstico pero su conducta prudente de ofrecer nuevos ojos ante el problema hizo que no ocurriera una tragedia. Así se avanza y se perfecciona uno en la práctica clínica errando pero aprendiendo, seguro que hizo suya la máxima de que: «ante cualquier síndrome sospechoso (y con mayor razón cuando existen signos neurológicos en un niño), debe considerarse la eventualidad de intoxicación o envenenamiento». Otro gesto exploratorio que no siempre hacemos es la valoración de las pupilas. Su valoración permite ganar algunas horas, esas horas que deciden muchas ve¬ces la suerte del intoxicado.

 

Extraído de: Algunos errores médicos propios y ajenos para aprender y meditar. Recopilador: M. Blasco Valle. Editado por GOPAr Grupo de Osteoporosis Aragón. Zaragoza 

 

Información adicional

  • Autor: Recopilador: Mariano Blasco Valle
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