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Yo no era pediatra pero tenía que ver a los niños

Trabajando de médico titular, en un pueblo muy pequeño, tenía que atender también varios anejos. Una noche, de uno de ellos, me llamaron porque una niña que pesaba 6,600 kg y que había sido amamantada por su madre durante los cuatro meses que tenía, se había despertado llorando, haciendo "cacas normales" según la madre y volviéndose a dormir para despertarse una hora después agitada, sollozando y rechazando el pecho.

Cuando la vi estaba en la cuna y de repente se puso muy pálida. Me asusté, sobre todo porque se le pusieron los labios cianóticos. No sabía qué hacer. La incorporé y recuperó el color. Le tomé la temperatura, la ausculté, todo era normal. Me quedé un rato y lo único que pasó fue que la niña vomitó e hizo unas escasas deposiciones mucosas que la dejaron más tranquila. Me fui a dormir, tranquilicé a la familia y les comenté que volvería al día siguiente. Así lo hice y cuando llegué el padre ya había tomado la sabia decisión de acudir al hospital infantil de la ciudad. Esa misma mañana acudió a la consulta con la carta de alta. Le habían dicho que la niña había tenido un "retorcijón intestinal" y que le tenía que haber metido el dedo por el ano. Leí la carta y el diagnóstico era de invaginación intestinal. Asumí mis carencias y sigo reclamando un pediatra para la zona.

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