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Características del insomnio en pacientes mayores de 65 años

La dificultad para dormir es habitual en la población anciana y a menudo se atribuye a los cambios que produce la edad en la arquitectura del sueño y en el ritmo circadiano; no obstante, estos cambios no necesariamente ocasionan trastornos del sueño ni conducen al insomnio. Las personas mayores tienen, fisiológicamente, un sueño más fragmentado y despertares nocturnos más frecuentes que los adultos jóvenes.

Entre los trastornos del sueño, el insomnio es el más común. Puede ser primario o secundario a trastornos psiquiátricos, orgánicos o a la ingestión de diferentes sustancias o fármacos; por tanto, es importante clasificar adecuadamente el insomnio y establecer una estrategia de intervención apropiada, ya que puede revelar un estado de salud deficiente o un déficit funcional y ser un factor de riesgo independiente de supervivencia. En estudios poblacionales, su prevalencia sufre un notable incremento a medida que avanza la edad; según los criterios utilizados y las distintas poblaciones de estudio, afecta a una proporción del 14-32% entre los mayores de 65 años. No sólo es un trastorno del sueño, sino que también tiene consecuencias en la actividad diaria, conlleva una mayor irritabilidad, cansancio, trastornos de la atención y de la memoria, aumenta el riesgo de caídas y de dependencia de psicofármacos y empeora las relaciones familiares y sociales. Debido a su elevada prevalencia, a su influencia sobre la calidad de vida y al progresivo envejecimiento de la población, el insomnio constituye un problema con repercusiones médicas y sociales considerables.

El objetivo de los autores de este estudio era establecer la prevalencia y las características del insomnio en personas ancianas según los criterios diagnósticos del DSM-IV, y comprobar su relación con otros problemas de salud, con el consumo de fármacos, las condiciones ambientales y las variables sociodemográficas. Para ello realizaron un estudio observacional transversal cuya población diana fueron los mayores de 65 años que vivían en su casa; a partir de la población estudiada, estimaron la necesidad de un tamaño de la muestra de 639 sujetos (el 58,3% de los individuos estudiados fueron mujeres y la media de edad fue de 74,8 años) para estimar la prevalencia de insomnio y su relación con otras variables sin asumir una relación causal entre ellas (estudio de prevalencia y asociación cruzada). Los criterios de exclusión fueron los siguientes: ancianos que vivían en asilos, deterioro cognitivo avanzado incompatible con una evaluación adecuada, dificultad auditiva notable capaz de impedir la comunicación y enfermedad mental o estado de conciencia insuficiente para llevar a cabo la entrevista. Los participantes respondieron a las preguntas incluidas en una entrevista semiestructurada, elaborada para el estudio por el equipo investigador y facilitada por personal sanitario en los centros de salud o en el domicilio (en caso de ancianos incapacitados). La entrevista incluía variables relacionadas con el sueño, los problemas de salud y el consumo de medicación declarados por el entrevistado, las consultas al médico por problemas para dormir manifestadas por los entrevistados y variables sociodemográficas.

En cuanto a los resultados, el 66,3% de los entrevistados dijeron que dormían más de 6 horas, el 55,9% que permanecían en la cama un periodo superior a 8 horas y el 37,5% entre 6 y 8 horas. Declararon problemas para dormir el 34,2% de los sujetos, de los que el 57,9% habían consultado al médico por este problema. Un 37,9% declaró que sufría el problema diariamente y un 40% al menos tres veces por semana. En un 95,7% de los casos la alteración del sueño era crónica (más de cuatro semanas). Respecto a las características del sueño, el síntoma más frecuente era el despertar precoz, al igual que se observa en otros estudios. En segundo lugar, figura el despertarse una o más veces durante la noche, aunque la frecuencia de despertares durante el sueño es un fenómeno normal, que varía con la edad y es más común en personas mayores. La dificultad para conciliar el sueño se observó en el 21,9% de los entrevistados, aunque en un estudio realizado en población anciana española este síntoma se observó en el 40% de los casos. Como en la mayoría de los estudios consultados, la prevalencia del insomnio es superior en las mujeres; no se constató una relación estadísticamente significativa entre el insomnio y la edad, el estado civil ni la clase social. En este estudio el 19% de los ancianos entrevistados presentaban somnolencia diurna. Aspectos relacionados con ciertas deficiencias, como los hábitos irregulares, una inadecuada temperatura de la habitación o la incomodidad de la cama, estaban más presentes en los pacientes con insomnio, al igual que sucede en otros estudios previos. El consumo de psicofármacos era superior entre los sujetos que presentaban insomnio, tanto primario como no orgánico. Los psicofármacos más consumidos eran los ansiolíticos, sobre todo el lorazepam, y el segundo lugar lo ocupaban fármacos antidepresivos, en especial la sertralina. Estos fármacos habían sido prescritos en el 54,4% de los casos por el médico de familia, en el 31,1% por el psiquiatra y en el resto por otros profesionales. En lo que atañe a otro tipo de medicación, los fármacos más consumidos fueron los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina, los anticoagulantes y los inhibidores de la agregación plaquetaria e hipolipemiantes. Las personas con insomnio primario consumían de promedio un mayor número de medicamentos que quienes dormían bien. Los problemas de salud declarados más a menudo fueron la hipertensión arterial, la artrosis, la hipercolesterolemia y la diabetes mellitus; de estas enfermedades, sólo la diabetes se observó con una frecuencia significativamente superior en las personas con insomnio primario. El valor de la mediana en el número de problemas de salud fue de 2, y se comprobó un número medio de problemas de salud significativamente superior en los sujetos con insomnio primario.

Los autores concluyen afirmando que es posible que la prevalencia real del insomnio, según los criterios utilizados, sea ligeramente inferior, pues podría haberse incluido algún caso con trastorno mental no declarado por el entrevistado, como depresión mayor o trastorno de ansiedad generalizada, o debido a los efectos de determinadas sustancias. Dada la alta prevalencia de insomnio en la población anciana, su relación con un elevado consumo de fármacos y sus importantes repercusiones diurnas, este trastorno debe abordarse en las consultas de atención primaria, ya que probablemente la modificación de aspectos colaterales, la utilización de técnicas sencillas de relajación o la terapia cognitiva puedan mejorar la calidad del sueño y, en consecuencia, la calidad de vida de los ancianos.

 

Gras C, López-Torres J, David Y, et al. Trastornos del sueño y condiciones ambientales en mayores de 65 años. Aten Primaria. 2009; 41(10): 564-569.

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