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Adaptación de los niños al proceso de trasplante de progenitores hematopoyéticos

 - El trasplante es una de las experiencias más traumáticas que se pueda vivir pero la capacidad de adaptación del ser humano es sorprendente.

- Los niños sometidos a un trasplante no necesitaron ninguna intervención complementaria para superar una situación de estrés y difícil.

- Los niños toleran mucho mejor el trasplante de lo que sería de esperar.

Se considera que el proceso de trasplante de progenitores hematopoyéticos es una de las experiencias potencialmente más traumáticas en el tratamiento de las enfermedades hematológicas, tanto por su complejidad, la duración del proceso, sus riesgos asociados, la gravedad de los trastornos que lo motivan como por los resultados finales que un procedimiento tan exigente pueda obtener ante una situación clínica grave. En este contexto es lógico pensar que el trasplante puede suponer un estrés muy importante para el paciente que debe soportarlo. La experiencia también indica que la capacidad de adaptación del ser humano a las situaciones adversas puede ser sorprendente.

En esta situación, ¿cómo reaccionan los niños? ¿Su capacidad de adaptación es suficiente como para no quedar absolutamente traumatizados por esta práctica médica? O por el contrario, ¿su capacidad de superar esta dificultad es superior a lo que podría imaginarse? A estas preguntas intenta dar respuesta el artículo que se resume a continuación.

Se trata de un estudio realizado sobre 171 niños de entre 6 y 18 años, y sus padres. Todos estos niños debían someterse a un trasplante de progenitores hematopoyéticos. Para estudiar las repercusiones del procedimiento sobre su grado estrés, sus capacidades físicas y mentales, su posible estado depresivo y la calidad de vida relacionada con el procedimiento y su percepción global sobre los beneficios obtenidos, se distribuyeron al azar en tres grupos. Uno fue atendido con la atención estándar que se proporciona a cualquier niño que debe afrontar un trasplante. Un segundo grupo de niños recibió dos actividades complementarias: masajes convencionales y sesiones de risoterapia. Y en el tercer grupo los niños recibieron estos dos complementos, pero los padres, además, recibieron también masajes y sesiones de relajación. Todo ello desde el ingreso y hasta la cuarta semana de realizarse el trasplante. La evaluación de los resultados se hizo al cabo de 6 meses.

Los resultados son hasta cierto punto sorprendentes y globalmente indican que los niños toleran mucho mejor el trasplante de lo que sería de esperar en una población en principio más frágil. Lo más llamativo fue que los índices de estrés, de percepción de mejora, de depresión, de calidad de vida global, no se modificaban según los niños o sus padres hubieran recibido una asistencia convencional o los complementos (masajes acompañados de risoterapia en el caso de los niños). Es decir, los niños no necesitaron ninguna intervención complementaria para superar una situación estresante y difícil. Así, los pacientes expresaron que se encontraban significativamente mejor a las 24 semanas del trasplante que al ingreso, a pesar de todos los inconvenientes que este procedimiento implica, que su tolerancia al esfuerzo mejoraba de forma más que satisfactoria y adecuada y que, en definitiva, los niños no experimentaron todo el proceso como un acontecimiento especialmente traumático, lo cual resulta sorprendente. Los tres grupos de pacientes mostraron unos resultados normales y comparables con los de niños sanos en los índices de salud mental, tolerancia al dolor, autoestima y conducta en general. Además, estos índices mejoraban a las 24 semanas en comparación con los valores del ingreso. El único valor que se encontraba por debajo de lo esperable para la edad era la tolerancia al esfuerzo, que, aunque mejoraba a las 24 semanas, se encontraba aún por debajo de los niveles normales. La valoración hecha por los padres coincidía con los resultados obtenidos directamente en los niños en todos los parámetros evaluados.

En definitiva, los cuidados generales que ya se tienen en las unidades pediátricas que realizaron estos trasplantes resultaron ser suficientemente correctos y adecuados como para no requerir medidas adicionales que ayudaran al niño a resistir y a adaptarse a una situación adversa como la que este procedimiento médico implica. Sin embargo, como prudentemente dicen los autores al final de su trabajo, estos sorprendentes resultados requieren confirmación futura.

Phipps S, Peasant C, Barrera M, Alderfer MA, Huang Q, Vannatta K. Resilience in children undergoing stem cell transplantation: results of a complementary intervention trial. Pediatrics. 2012; 129: 1-9.

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