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Ácidos omega-3 como prevención de depresión y demencia

Los ácidos omega-3 son grasas de cadena larga poliinsaturadas cuya fuente se origina en el entorno marino o el reino vegetal. Estas grasas no son sintetizadas por el cuerpo humano, por lo que deben incorporarse a través de la dieta.

La vía principal de aporte de estas grasas es a través de una dieta que posea estos ácidos de cadena larga poliinsaturada de manera preformada, hallándose predominantemente en lo que denominamos las variedades de pescado azul.

Los ácidos omega-3 parecen ejercer una acción muy importante en las membranas neuronales, especialmente en sus regiones sinápticas, donde se acumulan en mayor proporción (llegan a representar el 15% de la composición total de ácidos grasos en el cerebro). Estas grasas son un componente esencial de la membrana fosfolipídica, por lo que su importancia resulta vital para la estructura dinámica y la actividad funcional de las membranas neuronales. Las proteínas están embebidas en la estructura de la doble capa lipídica, y la conformación cuaternaria de éstas es sensible a los componentes lipídicos. Estas proteínas tienen funciones celulares importantes, como las funciones de recepción o de mensajería. Los ácidos omega-3 pueden alterar la fluidez de la membrana lipídica desplazando el colesterol, por lo que su influencia es capital para un funcionamiento óptimo de las membranas. Asimismo, actúan como fuentes de comunicación para segundos mensajeros entre neuronas.

Un número creciente de publicaciones habla a favor de la existencia de una relación entre los ácidos omega-3 y diversas enfermedades mentales, así como con otras patologías médicas, hallándose datos al respecto en varias vías de investigación. Como viene siendo habitual, los estudios en población geriátrica son mucho menos abundantes, y es el objetivo de los autores de esta revisión, dirigen la atención a dos enfermedades con especial importancia en el anciano: la depresión y la demencia.

Valoran varios artículos. Entre ellos, el de Hibbeln que postula la existencia de una relación entre las dietas ricas en pescado y la baja prevalencia de depresión, encontrándose una correlación negativa significativa entre el consumo de pescado y las tasas de depresión, en un estudio epidemiológico de ámbito mundial. En Finlandia se ha visto que el consumo frecuente de pescado se asocia a un riesgo menor de desarrollo de depresión e ideación suicida en población general. En Nueva Zelanda se ha hallado que este hábito dietético se relaciona con una mejor autovaloración del estado de salud mental.

Con el envejecimiento, especialmente en ancianos con enfermedad de Alzheimer, parece que los niveles de DHA (ácido docosahexanoico) en el cerebro tienden a disminuir, lo que sugiere este dato que el descenso de estos niveles podría contribuir tanto al deterioro de la memoria como a la afectación de otras funciones cognitivas.

La importancia de las funciones de los ácidos omega-3 en el SNC parece tener sustento desde el plano neurobiológico, especialmente en su acción como estabilizadores de las membranas neuronales y, en consecuencia, optimizando diversos sistemas de comunicación. Asimismo, los ácidos omega-3 parecen tener una acción neuroprotectora (por mecanismos antiinflamatorios, cardioprotectores), participando también en la neurogénesis e incluso interviniendo positivamente en ciertos procesos neurodegenerativos.

Hoy día ya no se habla de la depresión como una simple disregulación monoaminérgica. Aparecen implicados procesos inflamatorios, neurotóxicos (mediante procesos apoptóticos, por ejemplo), descenso/abolición de la neurogénesis y la neuroplasticidad, mediados por múltiples mecanismos, y todo ello influido por la carga genética del individuo y su interacción con el ambiente. Una adecuada dieta, o una dieta rica en ácidos grasos omega-3 (por ejemplo, añadiendo suplementos) podrían prevenir la aparición de clínica depresiva, ya que existe una leve evidencia epidemiológica al respecto. Actuando como agentes potenciadores, también podrían mejorar la sintomatología depresiva cuando ésta aparece, aunque constituye una vía de investigación todavía muy incipiente.

El consumo de grasas de pescado también se ha correlacionado con un enlentecimiento del declive cognitivo en ancianos sanos e incluso en aquellos diagnosticados de deterioro cognitivo leve, y puede influir además disminuyendo la incidencia del diagnóstico de demencia. Sin embargo, los datos existentes en la actualidad requieren más estudios que permitan encontrar una utilidad en demencias ya establecidas.

En definitiva, parece que el consumo de pescado, especialmente de la variedad azul, es muy recomendable al menos entre dos y tres veces por semana. Si por cualquier razón esto no fuera así, debería considerarse su aportación a modo de suplemento.

Las aportaciones mínimas realizadas por la mayor parte de los estudios rondan alrededor de unos 400 mg de EPA (ácido eicosapentaenoico) + DHA, por lo que, aunque se aporte este suplemento (que de forma práctica podría prescribirse en cantidad de un comprimido diario según las fórmulas existentes en el mercado actual), se debería seguir insistiendo en el consumo de pescado a través de la dieta.

 

Caballer J, Jiméne L. Ácidos omega-3 en psicogeriatría: implicaciones en depresión y demencia. Psicogeriatria. 2010; 2(2): 83-92.

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