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Toxina botulínica como tratamiento del dolor miofascial crónico

El síndrome de dolor miofascial es uno de los principales problemas de dolor crónico en la práctica clínica, comúnmente asociado a traumatismos o microtraumatismos de repetición.

Se puede definir como un trastorno osteomuscular que se acompaña de síntomas sensoriales, motores y autonómicos ocasionados sobre todo por puntos gatillo musculares activos (puntos hiperirritables entre una banda tensa muscular o en la fascia, doloroso con la compresión). Entre los disturbios sensoriales que se experimentan, figuran la hiperalgesia, la disestesia y el dolor referido.

Se dispone de resultados sobre el uso de la toxina botulínica A en algunos síndromes neuropáticos, como las neuralgias del trigémino o la neuralgia post-herpética, y en el síndrome doloroso complejo regional, pero no tanto en el síndrome de dolor crónico miofascial.

Para utilizar toxina botulínica se requiere que el dolor sea secundario a un diagnóstico conocido o presumible, de carácter crónico, para el que no exista un tratamiento curativo, y que no haya mejorado con tratamientos antiálgicos conservadores y no invasivos.

Las neurotoxinas botulínicas son proteínas sintetizadas de la bacteria anaerobia gramnegativa Clostridium botulinum, cuyo mecanismo de acción es la inhibición en la liberación de la acetilcolina de las terminaciones nerviosas periféricas.

Tras estos preámbulos, los autores del presente trabajo intentan demostrar que el empleo de la toxina botulínica tipo A (Botox®) en el dolor crónico miofascial es efectivo en el control del dolor, así como en la mejora de la funcionalidad y la calidad de vida de los pacientes.

Los autores realizaron un estudio prospectivo, descriptivo, longitudinal y aleatorizado, en el que atendieron a 30 pacientes con síndrome miofascial crónico. A todos se les realizó la infiltración de puntos gatillo mediante un equipo de electrosonomiografía para la aplicación de toxina botulínica tipo A a una dilución de 100 Um de toxina en 1 mL de solución salina, infiltrando de 200 a 400 Um totales, dependiendo de la localización del dolor.

Se valoró la intensidad del dolor mediante la escala visual analógica (EVA), así como el índice de discapacidad de Oswestry, que valora la capacidad del paciente para las actividades de la vida diaria (porcentaje de discapacidad de 0 a 100), antes de la infiltración y durante las cuatro semanas siguientes.

Los resultados revelan un descenso del dolor, según la EVA, de un 7,23 inicial a un 3,13 al finalizar el estudio (p <0,01). En relación con el índice de discapacidad de Oswestry, la evaluación inicial fue del 67,7% y al concluir el estudio del 35,8% (p <0,0001).

El 80% de los pacientes presentaron un alivio del dolor somático durante un periodo de 6 meses.

Los autores concluyen que, aunque la toxina botulínica no debe emplearse como tratamiento de primera elección para el manejo del dolor miofascial crónico, sí podría estar indicada en el dolor resistente.

Las limitaciones del estudio son obvias: escaso número de pacientes y falta de especificación respecto a si los pacientes que participaron recibían algún tratamiento concomitante. n

 

Torres JC, Hernández JR, Ortiz EM, Tenopala S. Toxina botulínica tipo A para el manejo del dolor en pacientes con síndrome de dolor miofascial crónico. Rev Soc Esp Dolor. 2010; 17(1): 22-27.

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Médico de Familia

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