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«Panem et circenses»

 
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Publicado en 7DM 822  1 Julio 2010
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Ana de Santiago
EAP Cogolludo. Cátedra SEMERGEN de Atención Primaria. Facultad de Medicina de Alcalá

Llevo días intentando escribir algo para esta página y siempre me viene lo mismo a la cabeza. Os prometo que he intentado buscar otras cosas, pero no me salen. Me hubiera gustado hablar de un asunto distinto de los que en todas partes se tratan, pero no lo logro. Y no se trata del mundial de fútbol, aunque bien pudiera. Porque el fútbol, como siempre, ha venido de perilla para dejar de hablar de la crisis económica. Un mundial que incluye, además de una ingente cantidad de anuncios de cerveza, los nosecuantosmil euros que le prometen a cada jugador si nos dan la alegría de ganar. Puede que a alguno le alivie saber que unos que son ya inmoralmente ricos van a ganar más millones. Y seguro que se alegrarán mucho más los que nos mandan, porque conseguirán la alegría de sus súbditos en los juegos, ya que no tienen la capacidad de dar alegrías gobernando con acierto. Siempre ha sido así, aunque en este caso me fastidie porque luego acudirán a hacerse las fotos con los héroes viajando en aviones pagados con nuestro dinero. Un dinero que ahora me duele más, porque me acaban de recortar el sueldo, como a casi todos vosotros.

Nos han quitado una parte del sueldo porque era la única forma rápida de sacar dinero para parchear el barco ante la tempestad. Se nos ha dicho que teníamos que contribuir a salvar la situación, y eso seguro que es cierto. Lo que no acaba uno de comprender es por qué sólo algunos hemos de contribuir a salvar la situación y no todos. Tal vez porque subir impuestos (a todos) tarda más tiempo en dar cosecha y resta más votos. Tal vez porque hacer ajustes importantes es difícil, y rebajar porcentajes sencillo. Pero lo peor de todo es que desde el primer  momento se ha argumentado que esa contribución particular se debía a que somos unos privilegiados. Dicho por ministros, consejeros y otros individuos cuyo mérito mayor es y ha sido el estar afiliados a un partido y ser luego elegidos a dedo por alguien que estaba delante de ellos en una lista, también escrita a dedo.

Duele que, ahora que nuestros sueldos se acercaban a los de los segundos médicos peor pagados de Europa occidental, nos los vuelvan a bajar. Pero duele más que se haga de forma insultante, afirmando que se le aplica a unos privilegiados, como si con ello se hiciese alguna forma de justicia social. Parece que hubiera una consigna de algún asesor del gobierno, de esos también elegidos a dedo a centenares. Hacer que los empleados públicos aparezcamos como privilegiados ante el resto de los españoles, crear división y, así, minimizar la pérdida de votos. Me gustaría saber cuáles son los privilegios de los interinos y temporales de la administración, tan numerosos, que también han visto su sueldo recortado. Esos que sí son despedidos, no indemnizados. Esos a los que también se les ha plantado el sambenito de funcionarios vagos y apoltronados. Sumo a ellos, por ejemplo, los soldados que se juegan la piel en Afganistán defendiendo sabe Dios qué, o los cuatro marinos muertos en Haití a los que también hubieran bajado el sueldo. Funcionarios privilegiados, sin lugar a dudas. Vagos e incumplidores tras sus ventanillas, como han querido mostrar. Y me pregunto después cómo quieren salvar el barco si, hasta cuando toman medidas que tal vez sean imprescindibles, nos dividen a los unos contra los otros. Quizá logren su objetivo doble de contentar a los mercados y de paso reducir las pérdidas de renta electoral. Pero enfrentándonos a los ciudadanos, unos contra otros, nunca lograrán sacar un país adelante.

 

Parece que con sus años de estabilidad la democracia ha criado políticos de oficio que no han conocido otra cosa que mítines y consignas, voces de propaganda y obediencia a los que están más arriba en la lista. Esos cachorros de partido, que sólo saben morderse para hacerse sitio en la camada, nos escandalizan y dividen en sus debates cada día. Luego, con nuestro dinero, se irán a hacer las fotos a Sudáfrica y a apuntarse la gloria de los que al menos habrán sudado la camiseta. A los demás nos quedará la obligación moral de seguir haciendo bien nuestro trabajo a pesar de la mala leche, porque nosotros, los de a pie, somos los que tomamos el pulso de la gente.

 

  


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