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Las novias de la muerte

 
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Publicado en 7DM 821  15 Junio 2010
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Roberto José Sánchez
Médico residente de atención primaria de tercer año. Centro de Salud Prosperidad. Área 2. Madrid

Si algún día alguien se decidiese a escribir las historias de los pacientes que reciben cuidados paliativos y de sus familias, antes, durante y después de la enfermedad, no habría más historias que contar y se acabaría la literatura.

Si algún día en la facultad enseñaran a intentar sentir lo que siente el enfermo y su familia, si puntuara la piedad, el humor, si hubiera que saber comunicar para pasarte toda la vida comunicando, si en el examen práctico tuvieras que saber pasar el brazo por los hombros a un paciente. Si hubiera un complemento en el sueldo por contención del llanto.

He conocido a una gente a la que le importa lo mismo la resaca de la esperanza y el miedo, que los derrames pleurales y las itus. No dominan técnicas espectaculares que dan prestigio social, ni ostentan una exclusividad sobre ellas que da mucho dinero. No le salvan la vida a nadie, ni siquiera curan. Su arma fundamental es mucho más austera y humilde. Es la palabra. Igual que en las escrituras, ponen la Santa Dexametasona, dicen: Levántate y anda, y resucitan al paciente al tercer día.

Hay médicos que le saben aguantar la mirada a un moribundo. Médicos que se derrumban en cuanto los sacas de(l) quicio en la puerta. Que llegan a casa y lloran contra el fregadero porque no tienen a nadie que les consuele. Que te dejan caer una mano sobre la rodilla y te la están imponiendo. Que usan el silencio mejor que Quintero. Que las familias los odian pero los aman. Que aparcan las diferencias en carga y descarga. Que no se saltan las señales de vida. Que son constantes y vitales. Que son suaves como la seda(ción). Que (¡Dios, por fin unos!) escuchan más que hablan. Que besan como si fuera esta noche la última vez.

Hay enfermeras que curan los decúbitos de(l) corazón. Que te clavan una aguja en un brazo y no sabes si se trata de la Gran Vía, de un viacrucis o de un tren en una vía muerta. Hay enfermeras que te quitan un apósito y ya te enteras de que fuman. Que te hablan con lengua de (espara)trapo. Hay enfermeras que no te salvan la vida pero van poniendo parches. Enfermeras que te enamoran en la primera dosis. Enfermeras que te cargan un infusor en lo que se calienta el agua para un menta poleo. Que se las saben todas.

Hay familiares que caminan por la calle como quien camina entre los cascotes después de un bombardeo del ejército israelí. Que miran como miraba Ortega Lara el día de su liberación. Que no sabes cómo aguantan y que cuando notas que huelen a cerveza a las 8 de la mañana sientes una suerte de alivio. Hay familiares que vienen de Bilbao y quieren curarte de un cáncer en un fin de semana. Familiares que no se enteran de la película. Que te reciben en traje porque vienen del notario. Que se tienen que ir porque viven fuera y que se despiden del paciente sabiendo que no lo van a volver a ver. Familiares que bajan al estanco y te compran de una tacada un paquete de Ducados, el certificado de defunción y un impreso para las becas del Ministerio. Que se revuelcan por el suelo de dolor a lo cólico biliar complicado. Que se cagan en la puta y en Dios.

Hay pacientes que fallecen en la pausa publicitaria, en los deportes del telediario o delante de la carta de ajuste. Pacientes que se van mientras la suegra hace unas tortillas francesas para todos con una camiseta que dice: Benidorm es mucho más. Hay pacientes que tardan demasiado. Pacientes que tardan demasiado poco. Pacientes que fallecen demasiado lejos de su casa. Que se mueren con el acento de su tierra después de tantos años en la capital.

Hay pacientes que se mueren sin haber hecho un sesenta y nueve. Sin haber leído a Delibes. Sin haber salido de España. Sin haberse emborrachado. Pacientes que mueren solos. Solos. Solos. Y que lanzan el último estertor al silencio de la habitación.

(A Glorieta y Yolandita. Triste porque los momentos a vuestro lado ya no volverán.)

 

  


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