Como es fin de semana, me llega de lejos el rumor de una vasta tropa haciendo botellón, y ese sonido me recuerda que no se puede hacer, como tampoco se puede vender alcohol a los menores. También hay una ley, aún vigente, que despenaliza el aborto en tres estrictos supuestos, y con el presunto argumento de la salud de la madre se ha hecho de todo lo imaginable durante un montón de años, sin que nadie protestase demasiado. Y los que hemos pasado consultas de atención primaria sabemos bien que así ha pasado. Me resulta llamativa la obsesión por legislar en un país en el que las leyes no se cumplen casi nunca. Unas porque nacen taradas con coladeros que las inutilizan, como la antigua ley del aborto y la que están engendrando, otras porque nadie intenta hacerlas cumplir, como la del botellón o el control del consumo de alcohol en los jóvenes, y todas porque la justicia tarda tanto en actuar que ni los agentes de la autoridad ni los ciudadanos pueden creer en su efecto. Parece que la respuesta de nuestros políticos a cada problema es hacer una nueva ley, cuando lo que habría que hacer, probablemente, sería lograr que se aplicase bien alguna. Resulta también llamativa la obsesión de legislar de forma minuciosa los aspectos que casan mejor con la estética progresista. Me ofende, como mujer, que las mujeres aparezcamos impuestas en cupos del 50%, como si una ley pudiera otorgarnos o negarlos la capacidad que tenemos. Me parece estúpido que se pretenda regular el uso de un idioma desde un parlamento, porque el idioma es patrimonio de todos y debe evolucionar entre los que lo usan. Me resulta inconcebible que unos políticos decidan que el aborto debe enseñarse en las facultades de Medicina y en las escuelas de Enfermería, como si tuvieran potestad o conocimientos para regular los programas de estudio. ¿Necesita un estudiante de pregrado saber practicar un aborto? A mí no me enseñaron a poner una prótesis mitral, y hago bastante bien mi oficio. Espero que no pretendan regular los minutos de uso estropajo según sexos. Me veo comprando un estropajo con contador electrónico para justificar ante un comité (debidamente pagado, y con representación de los sindicatos) que mi marido no usa el estropajo menos minutos que yo. Y no quiero pensar quién tendría acciones de la empresa de estropajos con taquímetro. Prefiero no dar ideas. Hace mucho tiempo que pienso que la única ley que de verdad necesitamos es una que mejore la calidad de la educación, como fundamento de la sociedad como conjunto y del libre albedrío de cada individuo. Con un buen sistema educativo habría que preocuparse menos de facilitar los abortos, porque habría menos embarazos no deseados, no habría que regular tantos aspectos de violencia, porque habría menos frustración, y no habría que hablar a todas horas de igualdad, porque la educación es lo que de verdad nos iguala. Pero la educación también nos hace libres, y eso es peligroso para los que pretenden gobernarnos. Supongo que por eso en la política educativa nunca se pondrán de acuerdo. |