Con la muerte a tiros de nuestra compañera, las estructuras político-administrativas se rasgaron hipócritamente sus vestiduras y se engalanaron con discursos que preceden al olvido eterno, pero convendría por nuestra parte exigir la toma de decisiones operativas. ¿Cómo es posible que hayamos pasado en una sola generación del galeno respetado al colega al que se le tutea descaradamente mientras se le tira la cartilla encima de la mesa a las tantas de la madrugada tras despertarle porque tras tomar unas copas se siente un poco de ardor en el estómago? La respuesta no es sencilla. Es evidente que hay cambios sociológicos que han repercutido enormemente en la actitud de la población ante las estructuras sociales previamente consideradas claves: maestro, médico, sacerdote, jueces... Pero me interesa centrarme un poco más en nuestro ámbito. Recuerdo, cuando la transición, el impacto que me hizo la famosa frase de un político al que se le veía como ministrable de sanidad, de que no pararía hasta ver a los médicos en alpargatas. La anécdota reseña sórdidamente la importancia política de la cuestión. Tantos años de hincapié en los derechos sin límite de los usuarios han ido generando una cultura que confronta cada vez más con las posibilidades reales de nuestra estructura sanitaria. Las expectativas no cumplidas son fuente de frustración y agresividad y cada vez se expresan de forma más intensa sobre nosotros, los curritos de a pie. En el área de recepción observo montoncitos de folletos en 5 idiomas sobre derechos y deberes del paciente: español, francés, inglés, rumano y árabe, como si, en plena crisis, no bastara con un cartel visible. El folleto asigna una página y media, de las 18 que tiene, al capítulo de deberes. Me parece fundamental incidir en que la violencia que se ejerce sobre los sanitarios procede fundamentalmente de la propia estructura en la que estamos integrados, que se remonta cronológicamente a tiempos bastante lejanos y que se manifiesta no sólo a través de agresiones físicas, sino sobre todo de las ocultas altas tasas de compañeros «quemados» y con problemas psicoafectivos. He convivido desde los años setenta con ella. He visto a compañeros víctimas de una brutal desplanificación sanitaria, a lomos del semiparo o dedicando su vida a actividades no médicas. He simultaneado mi ejercicio con sustitutos explotados mediante contratos basura que se llegaban a renovar diariamente. Ahora que nuestra estructura profesional ha cambiado, la respuesta administrativa que se propone es la misma: crear o traer de fuera más mano de obra; si después sobran, que se las arreglen. Éstas son lentejas. He vivido cupos y pacientes sin límite alguno y he recibido contestaciones de mi gerencia, ante la imposibilidad de gestionar correctamente la situación, del tipo «no te compliques la vida: deriva». A día de hoy, sigo sin poder gestionar adecuadamente mi agenda porque en cualquier momento me pueden avisar para que salga a uno u otro lado dejando la consulta como está y hasta que vuelva... Y es que el concepto de violencia contra el sanitario supera con mucho la agresión física. Ésta no constituye más que la punta de un iceberg asentado en el total abandono de los recursos humanos por parte de las gerencias sanitarias. Desde mi punto de vista, no se podrá abordar adecuadamente este problema si no conseguimos que se dé un trato adecuado a los recursos principales: los humanos. Ello supone un cambio radical en la filosofía de la estructura de la que dependemos. Respecto a la agresividad externa, la física debería paralizarse -tolerancia cero- con legislación y sentencias contundentes. La no física podría prevenirse mediante una campaña institucional de prestigio y respeto de la figura del sanitario. Además, creo útil que se contemplen medidas sancionadoras administrativas y un contexto en que el médico pueda reclamar, igual que lo hacen los usuarios, a aquellos que vulneran los principios básicos de respeto en la relación médico-paciente. |