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Érase una vez dos hermanos gemelos que
tenían una fuerte vocación por ser médicos. Los dos obtuvieron la misma nota en
la selectividad y los dos se matricularon en la misma facultad de medicina. Los
dos consiguieron un expediente académico similar, y los dos querían ser médicos
de familia. Obtuvieron un nivel parecido en la puntuación MIR, y los dos
hicieron la residencia en el mismo hospital y centro de salud. Se presentaron a
una oposición para facultativos de Equipos de Atención Primaria y, como era de
esperar, los dos sacaron una nota parecida y consiguieron plaza en el mismo
centro de salud. En este centro de salud había un coordinador muy preocupado
por la equidad de las cargas laborales y había conseguido que los cupos médicos
fueran similares en los parámetros que él conocía y podía controlar, que eran
el tamaño y la edad. Por este motivo, a los dos hermanos se les adjudicaron
otros tantos cupos con el mismo tamaño y el mismo perfil de edad y sexo. Los
dos estaban muy contentos, y los dos querían ejercer su profesión lo mejor
posible.
Pero el azar hizo que una variable no
controlada, por desconocida y no tenida en cuenta, les cambiara la vida,
llegando incluso al deterioro de una relación fraternal fuertemente arraigada a
lo largo de sus vidas. ¿Qué pasó?
Para entenderlo hay que decir que hace ya
años, en Estados Unidos, se hizo un trabajo de seguimiento de cupos médicos.
Todos ellos tenían el mismo tamaño y un perfil similar en la edad y sexo de los
pacientes. Se realizó una clasificación en cupos que tenían alta frecuentación
de pacientes, otros de frecuentación media y otros con frecuentación baja.
Posteriormente se clasificó a los pacientes en niveles de utilización de
recursos sanitarios, y se comprobó que algunos de ellos, por sus diferentes
patologías orgánicas, mentales y circunstancias sociales peculiares, consumen
muchos más recursos que otros de la misma edad y sexo. Se comprobó que el 20%
de los pacientes consumía el 80% de los recursos. Clasifiquemos a estos
pacientes como tipo A.
Pues bien, el gemelo 1 tenía en su cupo
un 30% de pacientes tipo A y el gemelo 2, solo un 10%. Pero esto nadie lo
sabía: ni ellos, ni el coordinador, ni los directores de área.
¿Quién piensan ustedes que tenía más
demanda asistencial, más avisos a domicilio, gastaba más en farmacia, tenía más
bajas laborales y derivaba más al especialista y al hospital? Efectivamente, lo
han adivinado: el gemelo 1. ¿Y quién piensan ustedes que recibía los incentivos
por ahorro de farmacia, bajas laborales y derivación, era mejor considerado y
tenía mas alta la autoestima? Así es: el gemelo 2.
El cariño fraterno se empezó a resentir;
las comparaciones eran insoportables, y los celos surgieron. La sensación de
fracaso profesional del gemelo 1 se hizo notable. No entendía como él, que
trabajaba más que su hermano, cobraba menos incentivos económicos y era peor
considerado. Llegó a pensar que lo suyo no era la medicina y que, posiblemente,
sería bueno cambiar de profesión.
Es evidente que se trata de una
exageración basada en un cuento; pero indica la perversidad de algunos
indicadores que, lejos de primar el buen hacer profesional, lo deterioran.
¿Qué persiguen incentivos como los de
farmacia? ¿El buen hacer? No. Sólo persiguen el ahorro, la restricción de
recursos. Es cierto que en algunas comunidades autónomas se tienen en cuenta
ciertos criterios de calidad de la prescripción, pero no valen si no se ahorra
en el gasto global. ¿Se tienen en cuenta cosas tan importantes como el tipo de
diagnósticos, la gravedad de los casos o el perfil de los pacientes? No. Hay
que decirlo claro: lo que se persigue fundamentalmente es el ahorro, no el buen
hacer. En definitiva, se está primando una actuación aberrante del profesional
a costa de otros aspectos técnicos y humanos que son clave en el ejercicio de
la profesión médica. Este tipo de indicadores va en contra del profesionalismo
y de los valores de la medicina. Y alguien lo tendría que denunciar.
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