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Síntomas e ignorancias que no se explican

Cuando uno padece una enfermedad descubre la existencia de un conjunto de síntomas que quedan ocultos en la relación que se tienen con los médicos y los demás. Las enfermedades tienen en común su tendencia a ubicarse con rapidez, muchas veces antes de ser diagnosticadas, en tres dimensiones: la orgánica o física, la emocional o psicológica, y la social. La medicina responde muy bien a la dimensión orgánica siguiendo los mapas anatómicos y las trayectorias fisiopatológicas descritas en los tratados médicos y aprendidas en los estudios de pregrado. Sin embargo, el estado de vulnerabilidad que acompaña a la enfermedad y a sus consecuencias está ausente en los libros y en las aulas de la facultad.

Durante años hemos hablado con enorme complacencia de que teníamos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, un hecho que sólo se puede valorar si tenemos claros cuáles son los resultados que queremos medir y los sistemas con los que nos vamos a comparar. La supuesta perfección de nuestro sistema es poliédrica, atribuible más a la incorporación de nuevas tecnologías, a la competencia técnica de los profesionales y a la construcción de equipamientos, que a los aspectos relacionados con las competencias de trato humano, la capacidad de cuidar o la coordinación entre niveles asistenciales. La navegación por el sistema sanitario y por la enfermedad resulta de una gran complejidad para la mayoría de los pacientes, sobre todo cuando ésta se realiza mediante un lenguaje y unas instituciones hechas por y para profesionales. En la mayoría de las casas son instituciones gélidas que invitan al trato frío, dónde la confortabilidad parece habitar más en la tecnología y en el lenguaje técnico que en la relación entre personas. El refugio está en tratar la enfermedad, la dificultad radica en saber tratar a los enfermos.

Sorprende esa ausencia de formación en desarrollar la empatía apropiada para que el paciente perciba que se comparte su dolor, aquel que produce el duelo asociado a lo que uno empieza a perder como consecuencia de la enfermedad. A veces, generamos profesiones que intermedian, como si eso del miedo también tuviera itinerarios anatómicos conocidos. Ahí comienzan los recursos fáciles, desde el anímese al pensamiento positivo. ¿Cómo alguien que ve cerca la muerte va a sentarse en el balancín del pensamiento positivo tragándose el miedo envuelto en una sábana de happy faces? Mientras tanto, las esperas en el hospital se hacen muy largas y las visitas médicas cada vez son más cortas. Y en esa brevedad, a veces el familiar quiere hablar más que el paciente, buscando certezas dónde no las hay e incomodando al médico, al que le cuesta reconocer que no hay respuestas o si lo hace debe limitarse. Es ahí dónde el paciente anda bloqueado diciendo que todo va bien para no dañar la relación, olvidándose de lo que le preocupa, porque si no le preguntan los demás por ello quizás es que eso del miedo, la incertidumbre y el vértigo sean meras sensaciones banales.

Todo transcurre así en el tiempo hasta que hay pacientes que acaban sintiéndose culpables de su propio devenir. A eso ayuda la ignorancia, nula preparación y ausencia de empatía de políticos como la ministra, de cuya presunción de ignorancia nadie duda cuando habla de copago disuasorio, o cuando se habla de que los «gerentes se asustan cuando hay que sufragar varios tratamientos de cáncer por vida». ¿Y cuánto se asustan los pacientes cuando son diagnosticados de un cáncer? ¿Es que el objetivo es matar a los pacientes para ahorrar dinero o es el de disuadirles de que vayan al médico para no asustar a los gerentes? ¿Cuánto vamos a seguir tolerando tanta deshumanización, cretinismo y mezquindad? Es que hay políticos de la sanidad que se mueven por el mundo en viajes sufragados y desde terrazas de áticos como si estuvieran vacunados contra la enfermedad de por vida.

Finalmente, preocupa, y mucho, que la parte que más va a sufrir las tensiones entre políticos y profesionales van a ser los pacientes. Y al miedo que produce la enfermedad, el pánico a la incertidumbre y el desconocimiento sobre cómo funcionan los dispositivos sanitarios, habrá que añadirle la inseguridad de una asistencia sanitaria intervenida dónde hasta se han llegado a pintar calaveras en los quirófanos. Tantos años hablando de la seguridad del paciente para acabar teniendo un sistema más inseguro. Pero ya se sabe, ojos que no ven...

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