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Viernes, 15 Abril 2011

Ayer Agosto

Roberto Sánchez
Médico residente de atención primaria. Centro de Salud Prosperidad. Área 2. Madrid
Ayer Agosto

En el mes de agosto, pusieron a una sustituta junto a la cual pasé (de) la consulta. Aquello fue un soplo (pandiastólico) de aire acondicionado en medio de la tibia (y peroné) rutina. Un día la doctora me dijo que tenía un dolor abdominal y se llevó mi mano a su flanco. Yo, por si pudiera tener una apendicitis bajé hasta la fosa ilíaca. Estaba confuso porque no había llegado a comprender aún las reglas de las insinuaciones de la edad madura, tan diferentes de las de la adolescencia. A mí me gusta estar a las duras y a las maduras. Después de ese día, empezamos a pasar la consulta del mismo lado de la mesa para poder tocarnos con las piernas. Si el paciente era activo, la tocaba yo a ella y si era pensionista al revés. Algunas veces nos besábamos detrás del biombo para justificar su consideración de indicador de calidad en Primaria.

Al principio no nos veíamos fuera del trabajo porque decía que la nuestra era una relación profesional. Me gustaba construir una perspectiva de su persona de la que ella carecía. Por eso me asomaba a todas sus cavidades huecas y se las describía. No le gustó cuando le comenté que sus fosas nasales eran unas fosas comunes. Ni que su tímpano brillaba por mi ausencia. Me puse un poco obtuso por querer mirar desde un ángulo (el) recto.

Las primeras veces que nos vimos fuera del Centro de Salud lo hicimos en el hospital donde yo hacía las guardias. Ella acudía de paciente y yo era quien la atendía siempre. El primer día no se le ocurre otra cosa que decir que estaba embarazada y el juego se terminó enseguida porque la tuve que derivar al Gregorio Marañón, ya que nosotros no tenemos gine. Otro día, me dijo que no sabía si estaba embarazada y yo: –qué tía más monotemática–. Cuando la voy a explorar veo que llevaba un colgante que era una T de cobre con los hilos anudados en la espalda. Después de una prueba negativa, le mandé una radiografía de tórax para tener una foto de ella que aún guardo en la cartera. Me gustan los retratos en blanco y negro.

En ocasiones, quedábamos en los servicios de (la) urgencia de cualquier hospital de Madrid. Nos gustaba reconocernos en los sanitarios. Teníamos lo que se dice, incontinencia de urgencia.

Algunas otras veces, subíamos a las habitaciones de los especialistos y nos echábamos la siesta con el pijama de cirujano. Nos gustaba hacer el colchonero. Cosernos a besos. El primer día, tenía los nervios a flor de piel, por lo que no sabía si llevarla a la habitación del neurólogo o a la del dermatólogo. Otra vez también dudé entre ir a la de éste último o a la del maxilofacial, porque hasta aquel entonces yo nunca había tenido pelos en la lengua.

Un día que queríamos hacer de tripas corazón no sabíamos si ir a la del digestivo o a la del cardiólogo. A la del urólogo no pudimos ir, porque como nunca baja (a) la guardia, siempre está en la habitación. Nos gustaba hacerlo en cualquier servicio.

Como sabía que cuando acabara el mes no nos íbamos a volver a ver, rellené mal adrede un parte de lesiones con su número de colegiada, para asegurarme una última vista el día del juicio final. En el fondo, el veredicto y el diagnóstico se asemejan. –Ya que estamos aquí, podíamos casarnos por lo civil– le dije. Me acarició la cara con el dorso de la mano, con la misma parte con la que se termometra cualitativamente a las personas, y se metió en un taxi. Sentí cómo el sol me acariciaba con su dorso en la cara y por un momento recordé el sol de agosto. En febrero, ése era un fenómeno meteoroiógico.

Y esto, Señor Director Médico, es toda la verdad de lo que pasó y éstas son las explicaciones por escrito que usted me pedía tras las quejas recibidas. Créame que siento mucho lo ocurrido, pero es que si no fuera por estas cosas, no sólo hubiera dejado ya la profesión, sino que me hubiera quitado la vida. Un saludo.

© 2011 Ediciones Mayo S.A.

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