Imprimir esta página

Entrevista con Carme Valls Llobet sobre Mujer y Salud

«El primer sesgo de género consiste en no escuchar con atención»

Carme Valls Llobet
Directora del programa Mujer, Salud y Calidad de Vida del CAPS (Centro de Análisis y Programas Sanitarios

– ¿Cuál es el objetivo del CAPS y qué líneas de trabajo desarrolla usted en la actualidad?
– El CAPS es una ONG científica sin ánimo de lucro. El objetivo desde sus inicios era visibilizar problemas de salud que ni la sanidad ni la universidad estaban estudiando. Cuando entré el CAPS ya llevaba unos 5 años de funcionamiento, era muy masculino y sólo había una doctora. A partir de 1990 empezamos una línea de trabajo que acabó llamándose Mujer, Salud y Calidad de Vida, en la que intentamos estudiar, investigar y hacer docencia sobre los problemas de salud de las mujeres que no eran visibles. Después vimos que uno de los problemas de salud, que era el cáncer de mama, tenía una relación con el medio ambiente, y acabé montando otra línea de trabajo: Medio Ambiente y Salud. Éstas son las dos líneas en las que estoy trabajando.

– Estamos en el siglo XXI. ¿Realmente existe un sesgo de género en la atención sanitaria que perjudica la salud de las mujeres? ¿Cómo las afecta?
– En el siglo XXI todavía persiste un sesgo de género porque los estudios de ciencias de la salud se habían centrado sobre todo en el varón, entendiendo que todo lo que pasara en la naturaleza del varón incluía también a la mujer. Y eso no es cierto. La mujer tiene enfermedades específicas, lo llamamos «morbilidad diferencial», o un efecto diferenciado de los tóxicos ambientales sobre su salud. Además, tiene algunos problemas graves, como, por ejemplo, la mortalidad cardiovascular; siempre se había pensado que era cosa de los hombres, pero en las mujeres la principal causa de mortalidad es la cardiovascular, mientras que en los hombres es el cáncer. Y esas ideas suponen maneras diferentes de atender a las mujeres: si pensamos que no van a sufrir un problema del corazón nunca las atenderemos bien, aunque nos digan que tienen dolor precordial. Es más fácil decirle a esa mujer que tiene un problema de ansiedad o depresión.

El sesgo de género persiste; más moderado, porque se nota que llevamos ya más de 20 años trabajando en este tema, pero aún persiste.

– ¿Cuáles son los sesgos de género más habituales en las consultas de atención primaria?
– El primer sesgo de género sería no escuchar atentamente lo que nos dicen las pacientes y los pacientes. Lo que sucede es que en atención primaria quien acude prioritariamente a las consultas es la mujer, y habitualmente consulta porque está muy cansada o porque tiene dolor en alguna parte del cuerpo. Y si no se la escucha, atribuimos estos síntomas a problemas de los nervios y sale de la consulta con un ansiolítico y un antidepresivo, sin buscar la causa. O sea, que el primer problema es no diagnosticarlas bien.

– ¿Puede dar a los médicos de atención primaria algunos consejos sobre este tema?
– Creo que en atención primaria nos falta ciencia de la primaria. La ciencia que manejamos en atención primaria es una ciencia que ha nacido en el hospital, y en el hospital hay mayoritariamente hombres ingresados. Si vas a la sala de respiratorio, por ejemplo, encontrarás dos veces más hombres. Por tanto, la ciencia de la primaria no existe. Esto es algo que nos ha preocupado mucho en el CAPS, y dentro del programa Mujer, Salud y Calidad de Vida tenemos una línea de trabajo que se llama «morbilidad diferencial».

Hay que pensar en los problemas más frecuentes en la mujer cuando nos dicen que están cansadas y doloridas. El primer problema que no se ve nunca es todo lo relacionado con la menstruación, porque sigue siendo un tema tabú y no se acaba de entender que forma parte de la vida cotidiana de las mujeres. Los médicos de primaria deberían estar atentos a los problemas menstruales, a las carencias de hierro, a las carencias de tiroides, que son las más comunes. Y también a las enfermedades autoinmunes, que son más frecuentes en el sexo femenino, y a problemas cardiacos que pueden prevenirse y que en las mujeres tienen una clara relación con la tiroides.

Y más allá de los 50 años, la mujer carece ya de vitamina D (el hombre un poco más tarde, hacia los 60), con lo cual muchas mujeres tendrán un problema de dolor por una carencia que se puede corregir fácilmente.
Por tanto, yo animo a los médicos de primaria, y por eso me gusta mucho hacerles docencia, para que vean que pueden hacer mucho trabajo además de mirar el colesterol. Creo que los médicos de primaria deben tener en cuenta la morbilidad femenina diferencial, aunque por desgracia esto todavía no lo hemos conseguido ni en la universidad.

– La investigación biomédica ¿sigue teniendo un importante sesgo de género en sus estudios? ¿Hay indicios de cambios significativos?
– Un primer problema que hemos tenido en la investigación médica de enfermedades o de fármacos es que en la investigación en la década de 1980 o 1990 sobre problemas coronarios o cardiacos y de fármacos como la aspirina, por ejemplo, no se incluyó a mujeres. Todos los trabajos de investigación, a excepción del estudio Framingham, excluían a las mujeres, y por tanto toda esa ciencia que se creó no sirve para nosotras. O sea, que el primer sesgo en investigación es la no inclusión de las mujeres, su invisibilidad total.

Otro problema es que muchos fármacos sólo se estudiaron en ratas macho. Se consideraba que el ciclo menstrual complicaba el manejo de los datos, pero la mujer tiene un ciclo menstrual e intervienen unas determinadas hormonas. Después, también se ha visto que la farmacocinética hepática de los fármacos es diferente en la mujer y en el hombre, y algunos fármacos deberían darse en dosis un 50% inferiores en las mujeres. Por ejemplo, los psicofármacos. Sin embargo, estos fármacos se dan principalmente a mujeres en todos los países del mundo, sobre todo en España. Eso hace que tengan unos niveles muy elevados en sangre que hacen que, sobre todo a partir de los 60 o 65 años, presenten efectos secundarios a la mañana siguiente de la ingesta: no se levantan con la cabeza clara, pueden caerse, notan un aturdimiento que no es natural... El primer sesgo es no vernos, y el segundo, no estudiarnos a fondo. Y no sólo hay diferencias en la metabolización de los ansiolíticos, también las hay en los antibióticos, en las hormonas... Todo esto hace que en la ciencia haya un gran agujero: falta ciencia de la primaria.

– ¿Y qué nos puede decir respecto a los programas formativos de grado y posgrado?
– En la universidad, en los posgrados, todavía estamos en la fase previa: se habla de la salud de la mujer, pero aún cuesta entender que tengamos estereotipos de género y que eso es también una forma de violencia: invisibilizar a la persona que tienes delante y que tiene problemas es una forma de violencia. En mi penúltimo libro, Mujeres, salud y poder, dedico todo un capítulo a las microviolencias sanitarias mediante la exclusión de los problemas de la persona que tenemos delante. Y todo esto debemos abordarlo en la universidad, como hacemos en unos cursos de formación crítica que organizan los estudiantes de Medicina de la Universidad de Barcelona.

– ¿Cuáles son las grandes líneas de actuación para lograr la igualdad y mejorar la atención y el bienestar de la mujer?
– Creo que en los próximos años hemos de continuar y acelerar el trabajo de la ciencia de la diferencia. La equidad consiste en tratar con igualdad, con los mismos derechos aunque seamos diferentes. Hay que tratar las diferencias y, por tanto, previamente hay que estudiarlas. Se va avanzando y tenemos que ir por este camino: estudiar la ciencia de la diferencia. Hay que incorporar toda esta ciencia en la formación de todos los profesionales involucrados en la salud de las personas.

Valora este artículo
(0 votos)

Artículos relacionados (por etiqueta)