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La ansiedad y la depresión dificultan un correcto diagnóstico en pacientes con fibrilación auricular

A raíz de un estudio publicado recientemente en The Official Journal of the Heart Rhythm Society, que afirma que algunos subgrupos de pacientes no valoran bien sus síntomas de fibrilación auricular (FA), la Fundación Española del Corazón (FEC) recomienda que los pacientes conozcan bien la enfermedad para no sobreestimar ni subestimar los síntomas de la misma.

La investigación, llevada a cabo en la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos, comparó las sensaciones de los pacientes sobre sus síntomas de FA (mediante un cuestionario) con la monitorización de los episodios arrítmicos realizados a través de un electrocardiograma durante una semana. Los resultados obtenidos demostraron que los pacientes con depresión o ansiedad tienden a sobreestimar la duración y la frecuencia de los episodios de fibrilación auricular, ya que las señales sintomáticas registradas por el electrocardiograma en realidad no superaban el 10% de los episodios que ellos percibían.

"Las personas que sufren trastornos en el estado anímico como ansiedad o depresión suelen dormir peor, llevan un peor control de su tensión arterial o malos hábitos de alimentación, factores que pueden propiciar una agudización de la fibrilación auricular, aunque muchas veces los episodios que perciben estos pacientes no se correspondan con los registrados", explica Ignacio Fernández Lozano, vicesecretario general de la FEC.

La investigación también descubrió que el género y la edad determinan la percepción de las arritmias y el diagnóstico de FA. Así, las mujeres y las personas de edad más avanzada, grupo de pacientes más propenso a padecer arritmias, subestiman los síntomas, ya que los indicios registrados por el electrocardiograma fueron un 90% más elevados a las sensaciones que percibieron y contaron.

"Tal y como ocurre en otras patologías cardiovasculares y en comparación con el hombre, la mujer cuenta menos dolor del que tiene en realidad y acude más tarde a urgencias, de modo que subestima el porcentaje de fibrilación auricular y dificulta una clara detección de esta enfermedad cardiovascular. En la misma línea encontramos a la población más avanzada, ya que con la edad los síntomas se expresan en menor medida. Esto se ve agravado al hecho de que este sector de la población tiende a relacionar los síntomas de fibrilación auricular con los típicos de su edad y no con una posible afección cardiaca que precise tratamiento", cuenta Fernández Lozano.

La FA es la arritmia más frecuente y se caracteriza por una mala contracción de las aurículas del corazón, provocando latidos irregulares. La frecuencia cardiaca óptima se sitúa entre 60 y 100 latidos por minuto, de modo que se diagnostica FA cuando en situaciones de normalidad la frecuencia cardiaca es baja (braquicardia) o elevada (taquicardia). Actualmente, según el estudio OFRECE, se calcula que en España hay más de un millón de pacientes con FA, de los cuales más de 90.000 están sin diagnosticar, y se estima que su prevalencia se duplicará en los próximos 50 años debido al envejecimiento de la población.

Existen síntomas leves de FA, como sensación de palpitaciones, leve dolor en el pecho o sensación de mareo, falta de aire y cansancio; y otros más graves como pérdida de conocimiento o confusión. "Las guías de práctica clínica de fibrilación auricular establecen que el control de los síntomas puede contribuir a un mejor manejo de esta arritmia. Sin embargo, y según afirma la investigación, hasta el 65% de los episodios de fibrilación auricular son asintomáticos, lo cual dificulta el diagnóstico y por tanto, impide un posible tratamiento. Es esta falta de tratamiento la que hace que los pacientes no diagnosticados incrementen el riesgo de infarto o accidente cerebrovascular", explica el doctor, quien afirma que, "por ello, la presencia de síntomas en el diagnóstico de fibrilación auricular determinará en gran medida el tratamiento escogido".

Ante estos datos, la FEC resalta la importancia de, "recurrir a mecanismos que eviten o reduzcan los episodios de estrés, como el ejercicio físico, la meditación o la adopción de unos buenos hábitos alimenticios mediante una dieta equilibrada y sin grasas saturadas. En el caso de los pacientes diagnosticados hay que incidir en la educación del paciente en cuanto al conocimiento de su enfermedad, reducir su incertidumbre y así mejorar, tanto su tratamiento como su calidad de vida", concluye Lozano.

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